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FESTIVAL QUILMES ROCK 2007
Abril 15 de 2007
Buenos Aires, Argentina

Mundorock
Por Fernando García

Noche dorada para cerrar esta nueva edición del Quilmes Rock, que para esta oportunidad realmente se confirmó como un evento más que atractivo, donde reunió algunas de las bandas más masivas de nuestro país, combinadas con un selecto plato de artistas extranjeros.

Asi fue como concurrí al dia 4 del festival, llevado a cabo en el Monumental, escenario de grandes logros para el fútbol local, y anfitrión privilegiado de grandísimos conciertos que han sido marcados a fuego en la piel del pueblo argentino. Por el estadio de River Plate desfilaron, por sólo citar algunos, nombres como Kiss, Guns and Roses, The Rolling Stones, U2, Red Hot Chilli Peppers, Paul Mc Cartney, Madonna, Michael Jackson, y muy recientemente el inoxidable Roger Waters. Y lo que nos ocupaba ahora era presenciar una velada esperada hace añares por este servidor: ni más ni menos que el retorno a Buenos Aires de los míticos, inimitables y personalísimos Aerosmith, en su tercera visita (ya habian venido dos veces en el año 1994). Como partenaires, un dueto que debutaba por estas tierras. Por un lado, el nuevo proyecto de Slash, Duff Mc Kagan y Matt Sorum, junto al ignoto vocalista Scott Weiland, ex frontman de Stone Temple Pilots, conocidos como Velvet Revolver. Y por el otro, Evanescence, una nueva muestra de música pesada traída desde el futuro a la actualidad.

Ingresé al estadio cuando estaban finalizando artistas nacionales, por lo que solamente atiné a esperar y rezar porque esa tortura acabara lo antes posible. Los dioses oyeron mis repetidas plegarias, y cuando ya estaba oscureciendo, casi a las 7:30 de la tarde, el combo liderado por Amy Lee saltó a escena. No es para nada despectivo, sino realista, el hecho de admitir que al tener una vocalista femenina (que además se sabe y se proclama líder de la agrupación), la audiencia que más devoción profesa por Evanescence, en este caso, va a estar integrada mayormente por chicas adolescentes con sueños de estrellato y look rocker también, como seguramente los tuvo la apetecible Amy antes de lograr su actual status. Esto que comento se notó principalmente cuando la cantante tuvo sus momentos privados en las tablas, cuando se sentaba en su piano y canturreaba suavemente con su voz de sirena melancólica. Su rendimiento a nivel voz fue muy correcto, y la acompañó una banda firme, que acompañaron dignamente su lugar de acompañantes, valga la redundancia. Recorrieron canciones de sus dos álbumes, entrelazando los hits obtenidos ("Goin' under" les hizo subir muchos puntos, siendo el pico máximo del show) con temas más oscuros y carentes de gancho, y ya sobre el final, pude notar que su presentación duró quizás más de lo aconsejado. El público, a nivel global, nunca se entregó por completo a la garra sorprendente que emanaba la señorita vocalista, y, por consiguiente, sólo su selecto grupo de teen-fans era su principal fuente de aceptación. Quizás en otro ámbito hubiera sido diferente, pero en lo personal, si bien no es algo que escuche ni aprecie debidamente, no me molestó la banda, amén del recién citado tiempo extra.

Acercándose las 10 del horario nocturno, era tiempo para ver a otra banda esperada por buena parte del público, los muchachos de Velvet Revolver, quienes venian a ofrecernos material del, hasta ahora, único trabajo, intitulado "Contraband"(se prevee la salida de su sucesor para este 2007). Era, a la vez, una cita nostálgica, dado que eran miles las remeras de Guns and Roses que se vislumbraban por el Monumental. Aquellos shows de "la banda más peligrosa del mundo" de 1992 y 1993, en este mismo recinto, fueron algo verdaderamente apoteótico, por eso se entiende ver a tantos jóvenes que no pudieron asistir a los citados conciertos por una cuestión lógica de edad, deseosos de cristalizar el sueño de volver a ver a Axl Rose correteando al lado del muchacho de la galera. Slash, precisamente, fue amo y señor de la actuación, levantando verdaderas ovaciones ni bien apoyó una falange en el escenario. Levantó aplausos y griteríos cada vez que intervenía, y sin dudas fue el centro de las miradas, eclipsando por completo a sus compañeros. Duff, Matt y el otro guitarrista, Dave Kushner, cumplieron en lo suyo sin grandes esfuerzos. Por su parte, el vocalista Scott Weiland no consiguió impactar a los presentes, pese a que realmente trató repetidamente. Es movedizo y se compenetra bien en su tarea, pero cuando empieza a cantar...es como que algo no termina de cerrar. Y ahí es donde uno se pregunta una y mil veces el hecho de cómo puede ser que tres ex Guns and Roses no hayan sido capaces de conseguir una voz más adecuada, en un país, donde uno cada cinco son músicos y/o cantantes. Quizá el afán de no querer asentarse en el rock and roll de toda la vida fue lo que propició que subiesen a bordo a Weiland, y así querer sonar como algo más "propio". Vale el intento, pero por lo menos yo, no compro la propuesta.

Volviendo al show, se fueron intercalando temas del ya citado primer y único disco, con algunos covers sutilmente seleccionados. Allá por el comienzo,ni bien se escuchó el inconfundible repiqueteo de bajo de "It´s so easy", hizo que la muchedumbre levantara vapor a lo grande. Coreada por el estadio a pleno, hizo que el apetito gunner obtuviese un buen tentempié. Sería injusto no señalar que "Fall to pieces" consiguió buena adhesión, siendo así la canción de Velvet más celebrada. Hubo tiempo para una impecable versión de "Wish you were here", con Slash al mando de su viola de doble mástil, y dando clase de cómo tocar de forma sentida, desgranando nota a nota este eterno clásico de Pink Floyd. Ya a esta altura era indisimulable el contraste de calidad entre los temas propios y los covers, y si hacía falta re-confirmarlo, bastó que los primeros acordes de "Mr. Brownstone" sonaran para que River vuelva a delirar. Weiland hizo lo que pudo en su rol "de Axl", pero poco importó, ya que la furia rockera de la masa hizo que ese detalle pasara por alto. Llegó el final con "Slither", y abruptamente dejaron el escenario, con el recordatorio de la fecha al día siguiente, donde tocarían en un lugar más íntimo, para acaso, sus más acérrimos fans.

Desde que el reloj sobrepasó levemente las 11 de la noche, el estadio cayó preso de un hechizo inigualable como sólo los verdaderos grandes pueden hacerlo. Una intro divertida que entrelazaba sonidos varios con trocitos de temas de la banda, fue el preámbulo para que Aerosmith sacudiera el Monumental. Y digo SACUDIERA en todo el ancho y largo de la expresión, porque con un comienzo como éste, difícilmente haya habido alguien con el ceño fruncido. La primer patada a la cara fue el espectacular "Love in a elevator", y por si no se había entendido el mensaje de locura masiva que el quinteto de Boston quería profetizar, la fiesta (nunca mejor usada esta palabra) prosiguió con "Toys in the attic", "Dude (looks like a lady)" y "Falling in love (is hard on the knees)". Sin respiro, sí. Himno tras himno sin la más mínima dosis de misericordia. Y para que se entienda que iba en serio, a continuación una nueva explosión tomó forma con "Cryin'", y ya era evidente que ese flacucho desgarbado de generosas fauces y pañoletas varias ya tenía a todos los presentes bien guardados dentro de su bolsillo. A fuerza de una entrega irrisoria, dado que es proveniente de una vida cargada de excesos de toda clase, Don Tyler brilló como el más poderoso de los cometas estelares, dió todo de sí, bailó, se movió con sus poses sugestivas tan habituales, y enredó a la audiencia con su tan particular voz, la cual compensa su falta de técnica con un sentimiento, colorido y expresión simplemente insuperables.

Se sucedieron algunos hits radiales más, como los casos de "Crazy" y "Jaded" (la cual, si bien es simpática, la hubiera cambiado por otra composición). A esta altura, la intención de enganchar a todos con los temas más gancheros estaba declarada, y sin ruborizarse, llevaron a cabo su cometido. Como viejos zorros, saben que le deben mucho a sus éxitos de fines de los ochenta y principios de los noventa, por eso es que perlas como "Train kept a rollin'", "Kings and queens","Back in the saddle", " Same old song and dance" o "Mama Kin" (sólo por citar algunos ejemplos), no han tenido lugar en esta visita de los norteamericanos; quizás, si el concierto hubiera sido más extenso, alguna de éstas recién mencionadas sí hubieran tronado en River.

Hubo tiempo también para un repaso de carácter psicodélico, con Tyler y Joe Perry sentados al borde la rampa que se desprendía desde el centro del escenario hacia el núcleo principal del sector campo. Allí sonaron extractos de "Simoriah" y "Lord of the thighs". De vuelta al stage, la banda zapó un rato, con clics a algo del material de "Honkin' On Bobo", donde Perry también se dió el gusto de entonar. Al lado de los Toxic Twins, esos tres sólidos bastiones como Brad Withford (guitarra), Tom Hamilton (bajo) y Joey Kramer (batería) contribuían sobriamente para hacer rodar la máquina a la perfección, y si bien está asimilado que al lado de un rockstar impagable como Tyler son poco más que agradables acompañantes, el trío dejó en claro que por algo tocan en semejante banda.

El "momento baladístico" se hizo nuevamente presente, al momento de interpretar " I don´t want to miss a thing", corte de difusión de aquella torpe película llamada "Armaggedon", pero ha sido tal el impacto de la canción, que la banda ha tenido que considerar el hecho de que sea parte del set en vivo, algo poco usual, teniendo en cuenta que fue una composición para la pantalla grande; ergo, nadie se quejó de ello, pues todo el recinto se manifestó agradecido coreando la letra de manera encantadora. Un nuevo viaje a los ochenta nos llevó a ese gran tema con una letra inmejorable, como "Janie´s got a gun", demostrando que un rocker como Tyler también puede escribir de algo crudo y fuerte, y no necesariamente todo en el rock and roll debe girar en torno a una mamada en una playa de estacionamiento, de mezclar ácidos con bebida blanca o de conducir su moto a toda velocidad.

Luego, se hizo presente esa señora canción denominada "Livin' on the edge", y mientras recordaba esas épocas estudiantiles donde empezaba a indagar sobre Aerosmith, simplemente su interpretación rodó cabezas.

No quedaba mucho, y la energía por una larga jornada iba disminuyendo en todos, pero ellos seguían ejecutando cada tema con un sobrado oficio, y con unas ganas fenomenales, como si hiciera un año que sacaron su primer disco. Para el final, el talk-box y Perry se hicieron uno, y así dió comienzo al monumental "Sweet emotion", con una frescura magistral que la rejuveneció segundo a segundo. Le pegaron una explosiva "Draw the line", terriblemente dinánica y delirante.

Se retiraron del escenario un instante, y luego de una fantástica secuencia animada proyectada en las soberbias pantallas, regresaron para detonar el infaltable "Walk this way", con el mismo feeling de siempre y locamente festejada por sus emocionados admiradores.

Y así concluyó, con una satisfacción totalmente justificada, con unas expectativas largamente superadas y la esperanza porque no vuelvan a pasar casi 15 años para que Argentina acobije nuevamente a este pedazo grande de historia rockera. Porque a casi 35 años de la edición de su primer LP, Aerosmith sigue paseándose por el mundo con una categoría y autoridad que haría poner pálidos a cuanto aprendiz de sosa estrella ande pululando por ahí.

Porque historia no hacen muchos, eso es seguro, y Aerosmith sigue escribiéndola. Y el tintero sigue lleno para seguir narrando grandes cosas....