KISS en Madrid ¿El Último Beso?

por Enrique Luque



Cinco años después, regreso al Palacio de los Deportes de la comunidad de Madrid (bautizado ahora con el infame nombre de Barclaycard Center) para reencontrarme con Kiss. Esta vez con motivo de la celebración de su cuadragésimo aniversario, casi nada…

El ambiente era bueno en la capital de España a la hora de recibir a una de las bandas más importantes de la historia del rock duro. A pesar de ser lunes, el pabellón mostraba un lleno considerable (si no se agotaron todas las localidades, poco faltaría). Así, después de que The Dead Daisies abrieran la noche, cayó el telón. Literalmente. El logo de Kiss ocupó su posición en el escenario y todos los asistentes esperamos el comienzo del espectáculo al ritmo del Good Times Bad Times de Led Zeppelin.

Como suele ser habitual en Kiss, todo comenzó sin sorpresas. El grupo salió al escenario entre su pirotecnia de rigor y los primeros compases de Detroit Rock City, uno de sus mayores clásicos. Un comienzo lleno de fuerza, aunque menos emocionante que en las últimas dos giras. Ni monstruos metálicos ni plataformas espaciales.

Ya en estos primeros instantes del concierto, y entre clásicos como Deuce, Psycho-Circus (ya convertida en una fija del repertorio) o Creatures of the Night, era fácil hacerse una idea del estado actual de la banda. Es cierto que Kiss continúa ofreciendo un espectáculo de fuegos y luces a tener en cuenta, pero su circo se ve ensombrecido por un problema importante: el estado de su líder Paul Stanley.



La afonía que el vocalista ya empezaba a mostrar hace unos años se ha intensificado hasta llegar a un punto en el que muchos temas suenan verdaderamente irreconocibles. Algo que parece afectar también a la presencia del “Starchild” sobre el escenario. Aunque Paul sigue siendo el maestro de ceremonias y tocando sus temas, su energía y protagonismo de antaño se han visto considerablemente mermados, hasta el punto de dejar gran parte de los coros en manos del batería Eric Singer.

Está claro que pasados los sesenta, el caso de Paul no es el primero ni el último, pero sí uno de los más pronunciados. Sobre todo si tenemos en cuenta que Stanley siempre ha sido el pilar básico sobre el que se ha sustentado Kiss, musicalmente hablando, con lenguas imposibles y guitarras voladoras o sin ellas.

Por lo demás, todo lo que uno espera en un show de Kiss estuvo ahí: Simmons volando a lo más alto del escenario para cantar God of Thunder, Stanley paseándose en tirolina sobre las cabezas del público para tocar Love Gun en mitad del respetable, o un innecesario solo del guitarrista Tommy Thayer (reconozcámoslo, ni es carismático ni mucho menos un guitarrista excepcional). Tampoco faltaron clásicos como Lick it Up, Black Diamond, Shout it Out Loud o I Was Made for Lovin You, que la gente recibió encantada, móvil en mano.

Es sorprendente, de hecho, ver hasta qué punto el público hoy en día está obsesionado con eso de grabar y compartir cualquier cosa más que por disfrutar de ella cuando realmente la está viviendo. La eternidad en un muro de Facebook, o algo así.

Pero volviendo en Kiss, por supuesto no faltó el cierre de rigor con Rock and Roll All Night y su apoteosis de confeti.

Con su himno por excelencia el concierto llegó a su fin. ¿Sensaciones? Muchas, pero muy encontradas. Está claro que Kiss sigue siendo uno de los grupos que más emociones y euforia despierta entre los amantes del rock y el heavy. Pero eso no quita que en su última visita hayan mostrado un estado de forma algo decepcionante, sobre todo en lo concerniente a Paul Stanley y su voz. Cinco años después, en el mismo sitio y con los mismos protagonistas, empezamos a temernos que el fin está cada vez más próximo. Quizás sea lo mejor. Como se suele decir, bien está lo que bien acaba.