Sonata Arctica en Madrid: El rugido del lobo

por Enrique Luque



De la gran cantidad de bandas de power o speed metal nórdicas que surgieron a finales de los noventa, pocas han logrado mantenerse ahí con cierta repercusión a día de hoy. Sonata Arctica es una de ellas y, quizá, gracias a haber sabido diferenciarse en cierta manera de las demás.

Era la primera vez que tenía la ocasión de ver al grupo en directo y, a pesar de mis reservas, a ello que fui. La ocasión mereció la pena… con matices.

Pero mejor empezar por el principio. Antes del plato fuerte de la noche, dos teloneros se encargaron de abrir la velada. Quizá demasiados, si se tiene en cuenta que el concierto era un domingo. También tal vez por ello la mediana sala Riviera de Madrid consiguió una entrada digna, pero estuvo lejos de llenarse o de presentar el ambientazo que genera en otras citas. Como curiosidad, decir que me sorprendió ver a la gran cantidad de gente joven que atrae Sonata, muchos chavales incluso acompañados de sus padres.

El caso es que fueron los canadienses Striker quienes abrieron el concierto. Toda una revelación, a mi juicio. Aunque había escuchado alguna cosilla suya en estudio, lo cierto es que el grupo suena realmente compacto y divertido en vivo. Toda la formación entendió mejor que nadie de qué va esto del rock and roll durante la noche, ofreciendo una descarga intensa e interactuando con el público en todo momento. Su heavy clásico, con claras influencias de Maiden, mejora sobre el escenario sobremanera, convirtiéndolos en una gran banda en directo. Recomendables al cien por cien.

Todo lo contrario que los siguientes invitados de la noche: Triosphere. La formación noruega presentó su música, tan fría como su país de origen. Lo mismo que su actitud sobre las tablas. Algo que se notó en la tímida acogida de los allí reunidos después de la caña que ofrecieron Striker. A pesar de la simpatía de su cantante, su paso sobre el escenario se me antojó un poco falto de sangre.

Y así, con una puntualidad británica, Sonata Arctica, los protagonistas de la noche, salieron al escenario a eso de las nueve y media. Liderados por el vocalista Tony Kakko, el grupo empezó presentando Closer to an animal y Life, dos temas de su nuevo trabajo, The Ninth Hour. El sonido fue impecable desde el primer momento, y he de reconocer que su nuevo álbum me parece bastante bueno, a lo que hay que sumar una cuidada puesta en escena. De hecho la primera parte del concierto resultó sobresaliente, alternando nuevos temas con canciones como la ya clásica The wolf die young y llegando a su momento álgido con la balada Tallulah y la grandiosa Full moon. A partir de ahí, la cosa decayó un poco. En parte por un setlist algo caprichoso y, a mí juicio, un abuso excesivo de intros grabadas y efectos. Aún así, temas nuevos como We are what we are o Among the shooting stars lograron alcanzar un gran nivel.

Tony Kakko cumplió en su papel de maestro de ceremonias, a pesar de alternar algunos momentos de bastante entrega con otros un poco más apáticos.

Para el final del concierto quedaron temas como The power of one, I have a right y, sobre todo, Don’t say a word, la más coreada por el público en toda la noche. En líneas generales un buen concierto, pese a que en lo que a mí respecta se echaran en falta algunos clásicos más de sus primeros trabajos. La banda del lobo rugió en Madrid, pero no se mostró tan salvaje como podría haberlo hecho.